Crac: la pregunta por la escritura y la vida
“Se escribe lo que no se puede no escribir. Se escribe lo inevitable. Se escribe como quien se chupa el veneno del brazo y lo escupe al piso. No concibo otra cosa para mí ni para otros. De un autor no me importa su perspectiva ideológica ni a esta altura me conmueve su capacidad para crear buenas figuras retóricas. Solo me importa la profundidad del exorcismo. Cuán limpia está la vía expresiva y cuántos riesgos pasa por ahí”
Josefina Licitra, 2025
Josefina Licitra eligió una onomatopeya para volver a escribir, una figura retórica que expresa el ruido de una ruptura, de un hueso o de un vínculo. Esta elección refleja que escribir es un impulso vital, según la autora en el epígrafe “se escribe lo inevitable”, y en este movimiento inicia un diario de siete días de espera de un padre que ha decidido desheredarla de su vía regia de expresión: escribir. Este padre que sostuvo un vínculo epistolar con ella en la infancia y que fue la excusa de sus inicios en la escritura, cuando su abuela paterna la incentivaba a escribirle pagándole por cada palabra.
El libro podría inscribirse en lo que hoy se denomina las narrativas de autoficción, pero trasciende este tipo de escritura, dado que también puede pensarse como un ensayo metacognitivo acerca del modo de pensar la escritura del yo, cuando escribir es parte de existir.
Un hilo transversal del texto es aquel relativo al lugar de los/as hijos/as de los/as héroes militantes de los años 70, así como también aquellos/as que eligieron un exilio desromantizado, como el del Sr. Licitra, cristalizado en un mundo de ideales que se tornó una cárcel, preso de la rigidez de sus ideas asociadas con la verdad, la libertad, la lealtad. Cada uno de estos términos también se advierten en el tipo de elecciones de vida de la autora, que se pregunta por el lugar inquietante del silencio paterno.
La elección del exilio implicó para el Señor Licitra la distancia con su hija, en un momento de gran peligro del accionar del terrorismo de Estado en la persecución de los militantes y también sus familiares. La escritora se pregunta “¿En qué casillero de la historia entran las familias como la mía, que quedaron pervertidas por el terrorismo de Estado, pero no tienen un muerto, una foto en blanco y negro que reciba los honores del héroe? ¿En qué cueva de significados está nuestro pasado en común? ¿Cuándo y por qué mi padre dejó de quererme?” (p. 12). Es así que, en las voces de un compañero de militancias de su padre, la autora repone los avatares del accionar paterno y del riesgo de la traición, que también asocia con el oficio de la escritura. En cada carta a ese padre a distancia, la autora ensayó el oficio de la escritura y las vicisitudes de la invención y la traición.
La trama surgió cuando Licitra publicó en una revista brasileña Piauí, de difícil acceso, un texto sobre la distancia de su padre. Esta publicación suscitó un enojo rotundo en toda la familia paterna que se concretó en un silencio sostenido. En esa oportunidad el padre refiere que el texto fue “un tiro en la línea de flotación”, una verdadera traición. La autora revisa la idea de la traición y el oficio periodístico “para ser fiel a una historia, a la verdad intrínseca que anida en una persona o un tema, hay que traicionar a sus protagonistas, esto es: no hay que decir lo que quieren que sea dicho —eso sería propaganda— sino lo que uno considera que es verdad”, en estas líneas surge nuevamente una pregunta en torno a la incomodidad necesaria de la escritura y sus efectos.
La traición aparece continuamente en la relación padre – hija, en el intercambio epistolar con las exigencias de un padre que demanda conciencia social desde el exilio, y en las visitas en una escena en la que la autora refiere cómo el fanatismo kirchnerista del padre le impide ver la violencia machista de una ex pareja.
El Señor Licitra reclama que sus intimidades no puedan ser objeto de tratamiento literario, y con distancia responde cualquier tipo de acercamiento de esta hija, quien afianza la idea de abandono en la relación.
Crac es un escrito que refleja la aceptación de la escritura, en tanto herencia paterna, y las obsesiones de un padre aislado, ensimismado, a quien también lo atrapa el oficio artesanal del escribir, el proceso de la escritura.
El legado paterno se advierte en la obsesión por la sintaxis, las subordinadas en las cartas y la cocina de la escritura, que se escribe hasta en el cuerpo, como cuando Josefina cuenta que escribe durante la clase de yoga. El Sr. Licitra se aficionó al periodismo, pero desde el lugar de la impresión, la mecánica del tipeo que se desplazó a la cartelería industrial, que lo llevó a gestar una empresa de este rubro en Madrid.
Además de la pregunta por la escritura, la autora revisa la literatura en torno a la figura del padre. En este punto nos detendremos en un libro que podría construir un díptico paterno del abandono, nos referimos a El salto de papá de Martín Sivak, donde también aparece la pregunta por la ausencia, de un padre más apegado al deseo y la opulencia, pero también austero en su legado.
La escritura como legado se advierte a lo largo del texto, por un lado, en el bloqueo de Licitra, por otro, en aquello que no se quiere heredar, como La maleta de mi padre de Orhan Pamuk, texto que la autora considera, a partir de una intervención de su analista, el escritor Luis Gusmán. El padre de Pamuk le deja unos textos y le pide que los mire para ver si son publicables, algo que paraliza al escritor, porque teme que no sean tan buenas como él quisiera. Es el mismo temor del autor Hector Faciolince, cuando en el libro sobre su padre El olvido que seremos, refiere al cajón de éste, que no se anima a abrir por temor a encontrar oscuros secretos.
La autora en el diario de la espera del llamado de su padre analiza las obsesiones que los unen, la pregunta por los motivos de su ausencia y alberga la esperanza de verlo salir del edificio donde se encuentra ese padre, a quien desafía con la publicación de Crac. Josefina nos cuenta que “los años pasan y miro con sorpresa, como si fueran lunares que salen de un día para otro, las conductas y obsesiones que me unen a mi padre más allá de todo lo demás nos separa” (p.14).
Licitra ensaya algunos títulos para el libro, y antes de decidirse por Crac, que alude a la fractura de su pie en una clase de danza, justo el día que se entera que su padre viene a Argentina, ensaya “Historia de un abandono”, que podríamos conjeturar es el motor de la escritura del libro, es la excusa del oficio de escribir que encontró la autora para acercarse a su padre y es el interrogante sobre su legado.
Con Crac Josefina Licitra desafía el mandato paterno, y en vez de asumirse desheredada de la escritura, se asoma a los textos de la valija de Pamuk, y finalmente escribe, porque como le dijo Luis Gusmán: “escribir es respirar”.
Referencias
Faciolince, H. (2006). El olvido que seremos. Alfaguara.
Licitra. J. (2020). El señor Licitra. Orsai. https://revistaorsai.com/el-senor-licitra/
Licitra, J. (2025). Crac. Seix barral.
Sivak, M. (2017). El salto de papá. Seix barral.
